- XLII - No se dejó vencer mi pensamiento de tan desvanecidas confianzas, que atreviese jamás las esperanzas a vuestro celestial merecimiento. A la belleza corporal atento que del tiempo desprecia las mudanzas, siempre le dirigí las alabanzas porque de la Virtud era ornamento. En ellas sus reflejos resplandecen cual los del Sol en nube transparente, y colores le influyen más lustrosos. Los rayos de esta luz sólo merecen herir el corazón suavemente, que los de Amor en mí ya son ociosos.