- XLV - ¡Señor, que viera un pedernal helado sangre de fuego de un acero herido! ¡Y que a la cera el bronce endurecido hurte obediencias, del calor tratado! ¿Qué tiemble un monte al rayo sospechado, y el hombre no le sienta, de él herido! Pues, si se advierte, es rayo sin ruido dentro del pecador cada pecado. ¿Qué villano, a quien víbora inclemente el pecho le ocupó mientras dormía, despierto, no se hurta a su veneno? Huye veloz, ¡oh planta delincuente! Huye, porque del rayo de este día podrá la permisión ser tardo trueno.