- XXXVII - Creció el infierno aquí, Nilo violento de llamas, y tan ciego en lo enemigo que de sus iras no dejó un testigo ni a sus estragos permitió un lamento. No pareció del cielo tal portento (aun en venganzas disfrazado amigo), que el cielo, entre el presagio y el castigo, siempre dejó caber al escarmiento. Ardió el Vesubio; no la inclemencia de Júpiter honró su infiel desmayo, ni a rayos de agua le anegó el tridente. El que tiene por alma la violencia no ha menester para morir el rayo, pues nace fulminado un accidente.