- XII - Un tirano formó de bronce ardiente, estudiando el mayor horrendo insulto, un toro, en cuyo horrible y hueco bulto arder miró al infausto delincuente. Por no moverse a pena del doliente, ni dar a la piedad posible indulto, dispuso que el clamor del hombre oculto suene a bramido en el metal luciente. Mis espíritus, Filis, encerrados en tu desdén, llegando a tus oídos no suenan como van de mi dictados, que, porque no te muevan mis gemidos, en el metal de tu desdén trocados, habla el alma, y escuchas los sentidos.