Soneto Dulcísima tormenta del sosiego, enigma de los ojos ignorado, norte sin luz, que sigo derrotado, tomando las alturas por el fuego. Pues te permites a la voz, y al ruego, desemboza el misterio venerado: sin la duda mi amor es ya cuidado, y sin la sombra vivirá más ciego. Mas no, no se descifre tu belleza, beba el veneno yo por los oídos en esta inquieta procelosa calma. Y aspire a ser eterna mi firmeza, que amor que se engendró sin los sentidos, ha de nacer muy parecido al alma.