El Monicongo, académico de la Argamasilla, a la sepultura de don Quijote Epitafio Del Quijote, Primera parte, capítulo LII El calvatrueno que adornó a la Mancha de más despojos que Jasón de Creta, el juicio que tuvo la veleta aguda donde fuera mejor ancha, el brazo que su fuerza tanto ensancha, que llegó del Catay hasta Gaeta, la musa más horrenda y más discreta que grabó versos en broncínea plancha, el que a cola dejó los Amadises, y en muy poquito a Galaores tuvo, estribando en su amor y bizarría, el que hizo callar los Belianises, aquél que en «Rocinante» errando anduvo, yace debajo de esta losa fría.