Soneto a doña Alfonsa González, monja profesa en el monasterio de Nuestra Señora de Constantinopla En vuestra sin igual, dulce armonía, hermosísima Alfonsa, nos reserva la nueva, la sin par sacra Minerva cuanto de bueno y santo el cielo cría. Llega el felice punto, llega el día en que, si os oye la infernal caterva, huye gimiendo al centro, y de la acerba región, suspiros a la tierra envía. En fin, nos convertís el suelo en cielo con la voz celestial, con la hermosura que os hacen parecer ángel divino; y así conviene que tal vez el velo alcéis y descubráis esa luz pura que nos pone del cielo en el camino.