- CXXXII - Estos ojos, no hartos de su llanto, que a tan estrecha suerte me han traído, lloren sin descansar el bien perdido, si lágrimas prolijas valen tanto; que cuanto mi dolor subiere cuanto debe al mal y al amor, en lento olvido sólo, a la ira y al desdén rendido, cual cisne espiraré en funesto canto. Y este cielo, enseñado a mi lamento, podrá llevar por este campo abierto mi voz triste a la causa de mi daño; porque yo oso esperar que mi tormento, pues es venganza indigna contra un muerto, o venza o junto acabe con mi daño.