- LXXVIII - Osé y temí, mas pudo la osadía tanto que desprecié el temor cobarde; subí a do el fuego más se enciende y arde cuanto más la esperanza se desvía. Gasté en error la edad florida mía, ahora veo el daño, pero tarde, que ya mal puede ser que el seso guarde a quien se entrega ciego a su porfía. Tal vez pruebo (¿mas qué vale?) alzarme del grave peso que mi cuello oprime, aunque falta a la poca fuerza el hecho. Sigo al fin mi furor, porque mudarme no es honra ya, ni justo que se estime tan mal de quien tan bien rindió su pecho.