- LXXXV - Alma, que ya en la luz del puro cielo ardes de santo fuego, a quien suspira tu ausencia, con suaves ojos mira y alienta a levantar el flaco vuelo. Ceñida en torno tú de rojo velo, la llama en mi lloroso pecho inspira, porque sin odio, sin temor, sin ira desprecié el vano amor y error del suelo. Lloré yo tu partida, amé tu gloria, y en tu último dolor creció mi pena para seguir contigo el mismo hado. Si la fe te renueva la memoria, en esta sombra ven con faz serena a consolar el corazón cuitado.