- CLVII - Clara, süave luz, alegre y bella, que los zafiros y color del cielo teñís de la esmeralda con el velo, que resplandece en una y otra estrella; divino resplandor pura centella por quien libre mi alma, en alto vuelo las alas rojas bate y huye el suelo, ardiendo vuestro dulce fuego en ella; si yo no sólo abraso el pecho mío mas la tierra y el cielo y en mi llama doy principio inmortal de fuego eterno, ¿por qué el rigor de vuestro antiguo frío no podré ya encender? ¿Por qué no inflama mi estío ardiente a vuestro helado invierno?