- LXXXV - Cese tu fuego, Amor, cese ya, en tanto que respirando de su ardor injusto, pruebo a sentir este pequeño gusto de ver mi rostro humedecido en llanto. Que nunca el alto Etna con espanto los grandes miembros y el rebelde busto del impío que cayó con rayo justo, puede encender ni nunca encendió tanto. No amortiguan mis lágrimas tu fuego, antes avivan su furor creciendo, aunque venzan del Nilo la corriente. ¿Si, suelto en agua, rompo el nudo luego, que más te agrada desatarlo ardiendo, es menos mal lo que es más diferente?