- LXIX - La luz serena mía, el oro ardiente, en mil cercos lucientes dividido, y en dulce nieve y púrpura teñido, casa, el color suave de la frente, canto, y como el ingrato Amor consiente, ciego en su esplendor bello, estoy herido, y oscurezco sus glorias ofendido de tanto bien, con lira y voz doliente. Oso, y aunque el deseo me levante, el peso es grande, y culpa mi osadía quien amara el peligro de mi pena; mas el cielo cansó al soberbio Atlante, y no es mayor su empresa que la mía, pero si el vago error que me condena.