- LXVII - El roto lazo había ya del muerto fuego alegre del cuello sacudido: mas fue en vano el reposo concedido, y recreció mayor el desconcierto. Amor a vuestros ojos trajo cierto el corazón, y en ellos defendido, allí encendió su flecha, allí herido vos entregué mi pecho, al hierro abierto. En la tibia ceniza resplandece de vuestra dulce luz centella ardiente, y su blando calor desata el frío. ¡Oh cuál venganza al justo rey se ofrece! Porque ya vuestro ardor mi pecho siente, y siente vuestro pecho el hielo mío.