- XLII - Ya siento el dulce espíritu de la aura, que mansamente murmurando aspira; ya veo el puesto a donde amor me tira, y a do su muerta llama el fuego instaura. ¿Cuál amador de Cintia, o Delia, o Laura temió más el desdén, la ardiente ira, que yo la Luz que tiernamente mira mi mal, y de la pena me restaura? Como al que espantó el rayo con el trueno y lumbre, que aun le queda a la memoria el alto estruendo del terror pasado; tal yo, que estuve triste y siempre lleno de males, huyo en muestras de mi gloria, temiendo el bien que no esperé, engañado.