- LXVI - Volved, suaves ojos, la luz pura, si a esto da lugar vuestra grandeza, y templad mi dolor, que la dureza no cabe en vuestra inmensa hermosura. La soberbia y desdén harán oscura la mucha claridad de vuestra alteza, y no es blasón de singular belleza trocar en mal el bien de mi ventura. Después que Amor dejó, serenos ojos, por vos el celeste orbe, el dulce puesto mejoró alegre en vos, y honró la tierra. Mirad o no mi cuita y mis enojos (¡tal es mi noble afán!), yo estoy dispuesto para morir ufano en esta guerra.