- LXIV - De aquella ardiente luz y ardor luciente, en quien los ojos abre el amor ciego, centellas de suave y blando fuego vuelan con alas de oro dulcemente. Unas llegan al orbe, a do presente Venus, estrellas puras forma luego, que le ornan más, errando en bello fuego, que el Héspero hermoso al Occidente; Mas otras, descendiendo por mi suerte, para darme valor al tierno pecho, lo abrasan, condenado a eterna pena. Yo pido, por envidia de mi muerte, que en este corazón, de amor deshecho, todas pongan mi alegre luz serena.