- CXLII - Si no es llorar, ¿qué pueden ya mis ojos? Mi alma de lamento se mantiene; con él crece el ardor y se sostiene, y la pluvia se alienta en sus despojos. Un tiempo esperé premio a mis enojos, mas tarde es ya que mi pasión previene; pero acabar en lágrimas conviene a quien de flores nacen los abrojos. En llanto me consumo, y cuando espero, grande y nuevo milagro, dar memoria, a mi nombre disuelto en triste río, ocurre el fuego, en él me abraso y muero, desvaneciendo en llama con más gloria justo aunque grave bien al dolor mío.