- CLXII - Cual dejando el olimpo soberano, por la columna ebúrnea y roja frente las ondas y sortijas de luciente oro mi luz movió en semblante humano. En ellas centellando Amor tirano, me anudó el corazón con red ardiente, y blando puso el yugo a mi doliente cuello entonces la tierna y blanca mano. Promesa fue este dulce acogimiento para el bien de esperanza glorioso y fin del peso que sufrí cansado. ¿Qué no podré esperar de mi tormento, si en hebras que el sol mira envidioso me hallo estrechamente relazado?