- XXXIX - Bien puede el vano error y la porfía de mi ardiente deseo desfrenado llevarme en su furor arrebatado, y oscurecerme el cielo en claro día; que al fin la luz serena que me guía la vista abre de nuevo a mi cuidado, y de improviso error todo ocupado, repugnó a la perdida suerte mía. Respiro ya del importuno peso; y aunque no arrojo el yugo sacudido, no me oprime la fuerza del tormento. Ni libre canto ya, ni lloro preso, ni sano de mi llaga ni herido; dudoso estó en confuso sentimiento.