- XLIII - Tú, que con la robusta y ancha frente y grandes hombros sustentaste, alzado, rey africano, todo el consagrado cerco de las estrellas reluciente; y tú, que cuando Atlante temblar siente la inmensa carga, sin doblar cansado el vigor de tu cuello, levantado, sufriste tanto peso osadamente, yo no os envidio, aunque en la grandeza y en valor desigual, porque el sereno cielo y estrellas, do el Amor se cría y donde reina eterna la belleza, sostuve glorioso y de bien lleno cuanto sufrió la corta suerte mía.