- LXVI - El sátiro que el fuego vio primero, en su alegre esplendor embebecido, llegó a tocar, y conoció, encendido que era cuanto hermoso, ardiente y fiero. Yo, que la luz vi, mísero, en quien muero, vuelto llama, engañado y ofrecido a mi dolor, no en llanto convertido, cuidé triste acabar, como ya espero. Belleza y claridad nunca antes vista dieron principio al mal de mi deseo, dura pena y afán a un duro pecho. Padezco el dulce engaño de la vista; mas, pues me pierdo al fin con cuanto veo, ¿Cómo todo ceniza no estoy hecho?