- LXXVII - Alcé la vista acaso, descuidado de mi futuro afán y cierta pena, destejida del cuello la cadena, que me trajo en mil males enredado; y queriendo mirar ¡ay duro hado! el puro ardor de aquella Luz serena, en quien amor me inflama y me condena y con sus flechas vibra el arco armado, sus ojos en los míos se encontraron, y con la fuerza de su fuego el pecho sintió la aguda vira en las entrañas, que no livianamente me abrasaron, y el golpe fiero descendió derecho a mostrar en mi alma sus hazañas.