-CXLIII- Al sereno esplendor de luz ardiente, de celestial zafiro a la belleza la alma, volando en torno con presteza, las alas rojas mueve dulcemente. Amor, que de este cielo nunca ausente respira, le descubre su grandeza, y de gloria mil bienes y riqueza, que sola ella los conoce y siente. En este engaño siempre va, y se olvida de quien, cuidoso de su afán, la llama, y en conocido error cansa y porfía; porque espera tal vez allí, encendida do aquellas puras luces en la llama hallar sepulcro igual a su osadía.