- CXLIV - ¡Oh, cómo vuela en alto mi deseo sin que su osadía el mal fin tema! Que ya las puntas de sus alas quema donde ningún remedio al triste veo. Que mal podrá alabarse del trofeo, si estando ufano en la región suprema del fuego ardiente, en esta banda extrema cae por su siniestro devaneo. Debía en mi fortuna ser ejemplo Dédalo, no aquel joven atrevido que dio al cerúleo piélago su nombre. Mas ya tarde mis lástimas contemplo, pero sí muero, porque osé, perdido. Jamás a igual empresa osó algún hombre.