- CXXV - Pues cubre el orbe en asombrado velo la negra oscuridad, y las estrellas miran, errando en torno en formas bellas, dudosas el desierto y hondo suelo, tú, noche, a quien mis lástimas revelo, y al gemido respondes triste de ellas, oye mi mal, atiende a mis querellas, así a ti sola sirva el vago cielo; que no quiero que el día vea el llanto de estos ojos mezquinos; que en tal pena no conviene la luz al dolor mío. Escucha tú, que del color el manto de mis venturas tienes, ¡oh serena noche! mi queja en tu silencio y frío.