- LIV - Ojos en quien me espíritu respira tal vez, ardiendo en lúcidas centellas; ojos no, mas purísimas estrellas, rayos que el sol menor celoso mira; rico puesto, a do sólo amor espira, dichoso en las eternas luces bellas, y sus llamas afina, y templa en ellas, siempre fiero y cruel, la aguda vira; no alcanza nombre alguno a la belleza vuestra; y así, no digo cuánto siento, que tanto bien no acabe en voz humana. Baste que para osar a vuestra alteza vos llame ¡oh dulce causa a mi tormento! ojos de mi sirena soberana.