- CLXVI - Dichoso fue el ardor, dichoso el vuelo con que, desamparado de la vida, dio Ícaro en su gloria esclarecida nombre insigne al salado y hondo suelo. Y quien despeñó el rayo desde el cielo en la onda del Eridano encendida, que llorosa lamenta y afligida Lampecie, en el hojoso y duro velo. Pues de uno y otro eterna es la osadía y el generoso intento, que a la muerte negaron el valor de sus despojos, yo, más dichoso en la alta empresa mía, que hasta el Olimpo me encumbró mi suerte y ardí vivo en la luz de vuestros ojos.