- LXXIX - Duro el pecho, y fue grande el sufrimiento que enceló la crudeza de esta llaga; mas bien no sé, mezquino, ya que haga en el dolor esquivo que consiento. Oso y fallece el ánimo al tormento, de mi arrojado intento justa paga; pero, aunque más la pena me deshaga, acabará en silencio el sentimiento. Tan grave el golpe fue, que el fiero arquero de las purpúreas alas quedó ufano viéndome atravesado las entrañas. Temblé al furor que trajo y gemí; empero después ¡oh simple yo! alabé la mano ocasión de estas ásperas hazañas.