- IX - Cuál nunca osó mortal tan alto vuelo subir o quién venció más su destino, mi clara y nueva luz, mi sol divino, que das y aumentas nuevo rayo al cielo, cuanto el que pudo en este bajo suelo -¡oh, estrella amiga!, ¡oh, hado peregrino!- los ojos contemplar, que, de contino, engendran paz, quietud, guerra y recelo..., bien lo sé yo, que Amor, viéndome puesto do no sube a mirar con mucha parte olmo, pino, ciprés ni helado monte, de sus ligeras alas dióme presto dos plumas y me dijo: «Amigo, guarte del mal suceso de Ícaro o Faetonte».