Soneto Maldito seas, Amor, perpetuamente, tu nombre, tu saeta, venda y fuego; tu nombre, que con tal desasosiego me fuerza a andar perdido entre la gente; tu flecha, que me hizo así obediente; de aquella falsa, de quien ya reniego; tu venda, con que me hiciste ciego y así juzgué por ángel la serpiente; y el fuego sea maldito, cuya llama no toca al cuerdo, que es muy gran locura, y al necio sólo su crueldad consiente. Y así el cuitado espíritu que ama dirá, tu rostro viendo o tu figura: «Maldito seas, Amor, perpetuamente».