Soneto Bendito seas, Amor, perpetuamente, tu nombre, tu saeta, venda y fuego; tu nombre, por quien vivo en tal sosiego amado y conocido de la gente; tu flecha, que me hizo así obediente de aquella, por quien todo el mundo niego; tu venda, con que me hiciste ciego, y el fuego sea bendito, cuya llama no toca al cuerpo, que es sutil y pura, y el alma sola de su gloria siente. Y así el dichoso espíritu que ama dirá, tu rostro viendo y tu figura: «Bendito seas, Amor, perpetuamente.»