- V - Después que no descubren su lucero mis ojos lagrimosos noche y día, llevado del error, sin vela y guía, navego por un mar amargo y fiero. El deseo, la ausencia, el carnicero recelo, y de la ciega fantasía las olas más furiosas a porfía me llevan al peligro postrimero. Aquí una voz me dice: «Cobre aliento, señora, con la fe que me habéis dado, y en mil y mil maneras repetido.» «Mas ¿cuánto de esto allá llevado ha el viento?» respondo; y a las olas entregado, el puerto desespero, el fondo piso.