- XXVI - Mirando cómo va soberbio, airado, a pagar su tributo al mar el Reno, de su propia alma y de su bien ajeno, Vandalio está cuidoso, recostado a la sombra de un olmo y descansado ya de llorar, de mil congojas lleno, viendo partir de sí el pastor Tirreno, dijo con un suspiro apasionado: «¡Dichoso tú, tú sólo eres dichoso, que vuelves do verás tan presto el Tago y el bien que te hace ir tan presuroso! Yo, mísero, llorando me deshago de sólo ver Pisuerga deseoso. ¡Mira cuál es de Amor, Tirreno, el pago!»