- CXXXIII - Del dulce fuego que en el pecho me arde no sé cómo decir que estoy quejoso, ni en medio del ardor fiero, rabioso, sé de quién fíe, ni de quién me guarde. Contra la ley de Amor soy tan cobarde que aun el mismo dolor pedir no oso tanto tiempo de venia y de reposo que me pueda quejar, aunque es ya tarde. Pero si a dicha alcanzo tanta suerte que la turbación pierda del sentido, y al corazón torna el valor usado, aún espero, señora, que el sonido del triste lamentar podrá moverte a piedad de haberme maltratado.