- XXXIII - Dulce, sabrosa, cristalina fuente, refugio al caluroso, ardiente estío, adonde la beldad del ídol mío hizo tu claridad más transparente, ¿qué ley permite, qué razón consiente un pecho refrescar helado y frío, en quien fuego de amor, fuerza ni brío ni muestra de piedad jamás se siente? Cuánto mejor harías si lavases de este mi corazón tantas mancillas y el ardor que lo abrasa mitigases. Aquí serían, Amor, tus maravillas, si en estas ondas un señal mostrases de mis penas a quien no quiere oíllas.