- LXX - Querélleme de vos, señora, cuando de vuestras artes fui tan ignorante que me engañaba en ver vuestro semblante, vuestro ser por el gesto imaginado. Andúveme después desengañado, y vi, en lo que de vos me vi delante, que vuestro uso y natura es la culpante que ya vos sobre vos no tenéis mando. Así que ahora no hay de qué quejarme; mi derecho y mis quejas han parado, pues vos no tenéis ya de qué pagarme. No he de ser yo de seso tan menguado que del fuego, en el cual fui a quemarme, quede quejoso en ver que me ha quemado.