- XXXIX - Como el ventor que sigue al ciervo herido, su sangre y sus pisadas rastreando, y anda tras él, acá y allá ladrando, hasta verle en el suelo ya tendido; así, señora, vos me habéis seguido, mi muerte y mi deshonra procurando, y la saña y poder sobre mí echando, que hasta el punto postrero me ha traído. En ver mi corazón estar llagado, no dejáis de correrle y acosarle, dándole siempre allí do le habéis dado. Y si en algo tenéis algún cuidado, es en seguirle hasta derribarle, y en matarle después de derribado.