- XXXVII - Cuando de amor me aprieta algún tormento, y deja en mí la llaga algo rompida, no puede ser que en mi apenada vida no quede algún disgusto o sentimiento. Despierta el alma en este pensamiento, y sintiéndose casi entristecida, de mí y de sí se halla tan corrida, que es otro nuevo mal su corrimiento. Dice que no conozco yo mi estado; que no sé estar en lo que debo, fuerte; yo lo confieso, y voy tan castigado, que todo mi disgusto se convierte en nunca más quedar ya disgustado, puesto que llegué al punto de la muerte.