- XXII - No he de pedir sino lo que merezco, y he de pediros cuanto yo deseo; igualo el merecer con el deseo y entiendo bien con esto a que me ofrezco. Así lo digo, y no me ensoberbezco, ni en palabras hinchadas me rodeo; antes según yo de esto siento y creo, de sola la verdad me favorezco. No quiso Dios dar bien no merecido, y así nos dio con que se mereciese; el alma os doy, y os doy lo que es posible; ¡y ojalá yo, señora, más pudiese! Con esto, pues, merezco lo que pido, hasta donde comienza lo imposible.