- LI - Cuando en horror medroso y ciego espanto por los teucros discurre Alecto airada, y el impío acero de la griega espada hace crecer con frigia sangre el Janto. Entre las quejas y confuso llanto de la mísera gente descuidada, alza la voz Casandra, arrebatada de profético aliento y furor santo. «En tus cenizas, dice, ¡oh patria cara!, se guarda el fuego cuya llama ardiente hará costosa a Grecia esta victoria: otra renacerá de ti más clara Troya, por quien tu nombre eternamente vuelva a vivir en más dichosa historia.»