- XL - El triste fin, la suerte infortunada, -ajeno premio de la fe constante- del uno y otro miserable amante, a quien perdió una noche y una espada. Encierra en sobre oscura está labrada piedra, tú, peregrino caminante, repara el grave caso, y con semblante pío suspende el curso a tu jornada. Que darás tiernas lágrimas no dudo a las cenizas, donde aun dura ardiente el fuego que causó desdicha tanta. Debida compasión al mal que pudo trocar color en la cercana fuente, y el de su fruto en la silvestre planta.