- CLXXXIII - Oh tú, que por dejar purificado y libre al hombre de la eterna pena en tu inocencia dio la culpa ajena mano sangrienta a juez apasionado. Perfecciona, Señor, ya que has lavado en el ardiente influjo de tu vena la mejor parte, y rompe la cadena de propios yerros, ánimo alumbrado. Sacar debe tu auxilio del abismo de culpas un sujeto, cuyo olvido tiene desmerecida tu memoria; que la gracia la debes a ti mismo, pues no debe el remedio ser perdido que la pena formó para mi gloria.