- CXLIII - A una gran señora que dejó el siglo Tú que la dulce vida en tiernos años trocaste por la vida trabajosa, la blanca seda y púrpura preciosa por áspero cilicio y toscos paños; tú que, viendo del mundo los engaños, al puerto te acogiste presurosa, cual nave que en la noche tenebrosa teme del mar los encubiertos daños; canta la gloria inmensa que se encierra en el alma dichosa, ya prendada del amor que se enciende en puro celo; que si el piloto al divisar la tierra alza la voz de gozo acompañada, ¿qué debe hacer quien ya descubre el cielo?