- CLXXVIII - Voces mal admitidas de sirenas, letargo envejecido de mil años, torcer el rostro a vivos desengaños y sólo apetecer injustas penas, ya no más: la razón abrió mis venas donde, convaleciente de sus daños, fuerza de agravios, sinrazón de engaños, muros pudo romper, abrir cadenas. Costoso sí, mas advertido ejemplo, mi yerro ofrece a los atentos ojos, cuando a la luz de aviso me consagro, la pared ilustrando al mejor templo, escarmentadas quejas por despojos, cuya tabla será el mismo milagro.