- XXIII - De cera son las alas, cuyo vuelo gobierna incautamente el albedrío, y llevadas del propio desvarío, con vana presunción suben al cielo. No tiene ya el castigo, ni el recelo fuerza eficaz, ni sé de qué me fío, si prometido tiene el hado mío hombre a la mar como escarmiento al suelo. Mas si a la pena, Amor, el gusto igualas, con aquel nunca visto atrevimiento, que basta a acreditar lo más perdido. Derrita el sol las atrevidas alas, que no podrá quitar el pensamiento la gloria, con caer, de haber subido.