- LVIII - Volved a ver, señora, este cautivo al remo eternamente condenado, por albedrío y voluntad forzado, a pesar vuestro y aún al suyo, vivo. Siendo agravios los más, ¿para qué sigo? Amor sólo en la fe no me ha tentado, que como a cosa vuestra ha reservado de esta parte el tormento tan esquivo. Con ella viviré seguramente sin buscar a mis males otra cura, porque ninguno de ellos la consiente. Y visto que es mi mal desdicha pura, la fe remediará todo accidente en que no tenga parte la ventura.