- XI - A una ninfa yo vi que se peinaba con un peine de plata de oro fino, sobre el pecho y el cuello cristalino se esparce y su blancura matizaba. Y cuando con el peine lo apartaba, se veía el cuello y pecho que es tan digno, y un rostro que mirarle es desatino pues como ciega el sol así cegaba. Volviendo sobre mí, que no fue poco, le dije: «Gracia es esta y hermosura para causar cien mil competidores. Quien cuerdo fuere, aquí será más loco, que no puede, señora, haber cordura mayor que enloquecer por tus amores.»