- VII - En el soberbio mar se vio metido Leandro y de sus ondas trastornado, y menos del temor de muerte helado, que del fuego de amores encendido. Quedando congojoso, y oprimido, de aliento y fuerza ya desamparado de aquel estorbo sólo desmayado muy más que de su muerte entristecido. Habló de esta manera, mas fue en vano, echando el alma no el postrer acento con una voz cansada, y dolorida: «¡O riguroso mar, o airado viento dejarme a donde voy el llegar sano, y luego me ahogáis a la venida!»