- VIII - Ero, a quien mil cuidados combatían ni jamás sobresaltos la dejaban, temerosas sospechas la espantaban, pensamientos de amor la entristecían. Las altas ondas nuevas le traían de cómo a su Leandro maltrataban, y los furiosos vientos derribaban la seña y luz que sus manos ponían. Con gran temblor, y semejante pena a la orilla del mar en la mañana su Leandro vio tendido en el arena. De vivir más, perdió luego la gana, helósele la sangre en cada vena, y en un punto se echó por la ventana.